Frantz: El peso de la culpa y el deseo de seguir adelante

En nuestro proceso de vida, los seres humanos cometemos errores y nos sentimos culpables al punto de querer remediar lo hecho, sin embargo, existen situaciones en las que el remedio no existe, sino un aliciente mental para soportar el peso de la vida. Shakespeare escribió “Nada envalentona tanto al pecador como el perdón”, haciendo alusión al hombre que cuando conoce el perdón divino o terrenal prefiere cometer el acto ilícito ya que puede disculparse, pero, ¿qué pasa con aquellos que no realizaron una mala acción a propósito y que fueron víctimas de las circunstancias en las que se encontraban? Para ellos se vuelven los días más pesados, largos y vergonzosos.

Pero, en los actos bélicos, ¿dónde se encuentra el perdón? En estos casos, los contrincantes defienden una causa, en ocasiones ni siquiera la saben, ya que su gobierno les vende la idea de lo patriótico, lo nacional o simplemente los obligan al ser un supuesto deber, sin mostrarles los intereses reales para realizar la masacre. Y, ¿qué nos ha dejado la guerra además de muerte, sangre y rencor? Nada. Al hombre le gusta destruirse, eso no es novedad, pero, ¿para qué? ¿A caso ha encontrado el ser humano un sentido a sus masacres en los años que lleva existiendo y desarrollando un supuesto razonamiento? Si miramos a nuestro al rededor, podemos observar que no es así.

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Frantz, del director François Ozon, es una película que nos muestra las esquirlas que ha dejado la Primera Guerra Mundial, sobre todo entre alemanes y franceses, el rencor que generó entre ambas naciones y un sentimiento de vacío al cual trataban de recuperarse a pesar del recuerdo constante a los hijos muertos que lucharon por la patria.

Durante la narración de esta historia, vemos a Anna, interpretada por Paula Beer, quien asiste a diario a la tumba de Frantz (Anton von Lucke), su pareja con quien se casaría al terminar la guerra, sin embargo la unión nunca se concretó, ya que él falleció durante este acontecimiento bélico, por lo que los padres de Frantz, el Doktor Hoffmeister y Magda Hoffmeister, le ofrecieron estar con ellos, ya que al ser Frantz su único hijo, Anna, era lo más cercano que les quedaba. Un día, aparecen unas flores diferentes en la tumba de Frantz a las que acostumbraba llevar Anna, lo cual se vuelve extraño y se descubre que se trata de Adrien (Pierre Niney), un joven francés que también participó en la guerra y que conoció a Frantz.

Esta película toma diferentes giros en los cuales el engaño es parte fundamental para llevar la historia, el engaño entre los personajes y el engaño con el espectador, ya que el director nos muestra textos y escenas que nos hacen pensar que la historia o la relación entre los personajes irán por una línea, pero se tornan hacia otra, lo cual resulta atractivo para el espectador ávido de ser llevado por diferentes caminos dentro de una misma historia, un juego en narrativo en el que se pueden pensar diferentes soluciones, pero que si uno es observador, llevará sólo a una.

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El remordimiento, la nostalgia y silencio que ha dejado la guerra se refleja en las escenas planteadas en blanco y negro, dónde la neutralidad de los personajes y de aquel pasado bélico muestran que la lucha sólo ha servido para dividirnos como seres humanos. En contraste, está la vida, el continuar a pesar de la tragedia, el mirar la vida como es: colorida. Por lo que el director Ozon, realiza transiciones entre las escenas en blanco y negro para pasar a la utilización de colores, de una manera casi imperceptible, para mostrar que entre los escombros emocionales aún se encuentra el deseo por vivir.

Este juego con la dualidad se observa en toda la película, no solo en la utilización de los colores, también en los personajes y sus acciones, así como los giros que tiene la trama, lo cual vuelve a esta película un deleite visual, agregando que cuenta con unas grandes actuaciones donde lo importante está en el interior de los personajes, lo que ocultan y que se va develando al transcurrir de los minutos.

El peso de la culpa y el deseo de seguir adelante, son temas que se tocan en esta historia que no defrauda. Una película que vale la pena disfrutar y que cuenta con un excelente guión, grandes actuaciones y un deleite visual excepcional, lejos de aquellas películas de guerra con perspectiva norteamericana, ya que nos encontramos ante la visión europea, conservando su lenguaje alemán y francés, lo cual vuelve más atractiva la película.

Espero que más personas puedan disfrutar de esta película, ya que me he quedado corto con esta reseña y qué mejor que sea el público quien disfrute y descubra todo lo que nos ofrece Frantz.

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