El Gesticulador: una crítica lúdica hacia el México de los últimos siglos.

“¿Hasta qué punto el mentiroso de veras miente, de veras se propone engañar?; ¿no es él la primera víctima de sus engaños y no es a sí mismo a quien engaña? El mentiroso se miente a sí mismo: tiene miedo de sí.”
Octavio Paz

 

En el arte, el ser humano es examinado y visto desde una lupa, se nos permite escudriñar las entrañas del individuo y la sociedad. Cada cultura es distinta y por ende las conductas del ser en sociedad son vistas desde diferentes planos. En el teatro, a diferencia de otras artes, se nos da la posibilidad de enfrentarnos al comportamiento del otro siempre con el propósito de la introspección.

El teatro en México tiene sus raíces en la época prehispánica, donde era empleado como ritual e impregnado por creencias religiosas incluso después de muchos años cuando los auto-sacramentales eran la manifestación más cercana del teatro para el pueblo mexicano. Sin embargo, llegar a tener un teatro nacional implicaba exponer problemáticas internas del país y de nuestra ideología.

Por más increíble que parezca, esto ocurrió hasta el siglo XX, cuando Rodolfo Usigli plasma parte de la idiosincrasia del mexicano en una obra de teatro: El gesticulador, considerada la pieza base para el florecimiento del Teatro Mexicano.

El 18 de enero de 2019, 81 años después de su creación, tras la selección del Consejo de Teatro Nuevo León, es El gesticulador llevada a escena como proyecto de gran formato de CONARTE, presentándose en la Gran Sala del Teatro de la Ciudad, bajo la dirección de Iván Domínguez- Azdar y la producción de Francisco de Luna. El Gesticulador nos muestra que sigue vigente como reflejo del comportamiento mexicano, de su política y su ambición de poder.

Esta puesta en escena comienza sin previas llamadas, llevándonos directamente a la acción que para algunos podrá parecer insignificante pero que está envuelta de signos. Una iluminación tenue logra vislumbrar la decadencia del mexicano, sin lugar definitivo, vagando con la esperanza de encontrar su espacio en el mundo. Desde su comienzo vemos a la familia llegar a un lugar desolado, insípido; en un cuadro estético donde luces y sombras logran transportarnos a ese lugar que nos describe el autor.

En primera instancia vemos una escenografía minimalista, diseñada por Ricardo Carpio; columnas y estructuras de metal en color blanco, como jaulas semi-abiertas que sirven como libreros o como la cárcel en la que se encierra la penuria de estos personajes. Un arco de puerta, dos ventanales y unas escaleras son lo suficiente para contar esta historia, y mediante las necesidades escénicas se irán reacomodando, dándonos la posibilidad de imaginar un mismo espacio, el realista: que es la casa, transmutarse como un reflejo de la mente del protagonista, la cual se expande y se cierra; empolvada y deslumbrante de manera progresiva.

El juego de claro-oscuros que la iluminación, diseñada por Alejandro Ramírez, nos otorga desde el comienzo va tornándose cada vez más lúcido a medida que avanza la trama, junto  con la progresión que logra tener la puesta.

El peso principal de la primera parte recae en la familia Rubio, esta ambivalencia entre la verdad y la mentira, las apariencias antes que la humildad es bien llevada a escena. Sin embargo, los personajes de los hijos nos resultan planos en comparativa de las necesidades que los otros personajes tienen. El joven idealista Miguel, interpretado por Diego de Lira, se encuentra en las sombras y aunque hay ocasiones donde quiere refulgir, se queda en intentos; en el texto de Usigli, Miguel es el verdadero revolucionario, casi utópico, y en esta puesta poco se vio esa figura. En cuanto a Julia, interpretada por Joselyn Paulette, su miseria se basa en la apariencia física, un monstruo ante sus propios ojos, y a simple vista esto logra ser desapercibido en su personaje. Las actuaciones de ambos son buenas, aunque no logren resplandecer como los polos opuestos de la mente de César Rubio, interpretado por Mauro Samaniego. Esto puede ser debido a que se nota un recorte de texto de la primera parte, donde Rubio tiene interacción individual con cada uno, dándonos un tiempo insuficiente para ver encarnados a esos dos personajes. En cuanto a Elena, interpretada por Rosalva Eguia, a pesar de que mostró una energía más baja que los demás, funge con su función de contrapeso de César.

Los micrófonos ambientales, en mi opinión, son armas de doble filo; mientras que algunos actores no lo necesitaron, pues su voz retumbaba en el teatro, algunos otros como fue el caso de Eguia, el micrófono más que apoyo fue un obstáculo para lograr escucharla con claridad.

Lo más interesante de la visión del director es la progresión lúdica que logra en la obra, pues el texto tan meticulosamente construido por Usigli es llevado de un tono realista en el primer acto  hasta un absurdo, conforme ocurre el segundo acto, haciendo así un paralelismo con la lucidez que Rubio va perdiendo, de estar en una “realidad” pasa a ver la verdad, una verdad algo ridícula. Con el uso de máscaras y una expresión corporal a la Commedia dell’arte, la puesta se transfigura en una farsa, tal y como se percibe a la política mexicana: un chiste.

Con esta crítica el director junta el tiempo del México posrevolucionario y el de nuestros tiempos, pues mientras los personajes de los “políticos” son  enmascarados con los rostros de algunos “héroes revolucionarios”, en una pancarta detrás de una estructura escenográfica se encuentra la imagen de algunas figuras femeninas, involucradas sentimentalmente con actuales mandatarios, tal como Irma Serrano “La Tigresa”, Angélica Rivera “La gaviota” y Elena de Rubio, ilustrada como “La soldadera”, ícono de la Revolución. Con el uso del teléfono celular se quiso dar un toque actual, sin embargo, este aspecto resulta innecesario e incluso confuso.
La utilización del video mapping como ciclorama a pesar de ilustrar algunas imágenes no aporta mucho a la puesta, pero no es molesto ni distrae demasiado.

En el trabajo corporal y vocal destacan los personajes “políticos”, que cual emboscada y con ayuda de la escenografía móvil, enclaustran a Rubio y su familia, en un mecanismo de hostigamiento político. Antonio Trejo, quien interpreta a Estrella, es quien sin duda se lleva los aplausos y admiraciones, pues su trabajo le da el dinamismo necesario para que la puesta no decaiga; junto con David Colorado, que interpreta a Salinas, hacen la mancuerna perfecta.

Se percibe el trabajo arduo del uso de las máscaras que los actores Roberto Alanís y Albar Ramírez, quienes hacen al presidente municipal Guzmán y al diputado Treviño respectivamente, junto con Colorado y Trejo. Esto gracias a la asesoría corporal de Víctor Martínez, y la dirección de Domínguez-Azdar, pues logra moverlos como fichas de ajedrez, creando un cuadro entretenido y al mismo tiempo reflexivo, al ver la realidad de la demagogia política mexicana en su máximo esplendor.

Aunque Estrella es un adulador nato y tiene la labia bien entrenada, es Rubio quien, sin dudas, resulta ser el Gesticulador y esto se ve con claridad en escena, con cuadros construidos para enaltecer la figura de Rubio, pues tal y como dice Octavio Paz en su ensayo El laberinto de la soledad: “Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente, nuestras carencias y nuestros apetitos, lo que no somos y lo que deseamos ser. Simulando, nos acercamos a nuestro modelo y a veces el gesticulador, se funde con sus gestos, los hace auténticos.” Esta imperiosa necesidad que tenía César Rubio por cambiar su destino y las apariencias con las que juega se ven reflejadas en la disposición del escenario y su relación con los personajes.

Otro punto por destacar es la música que el director optó para esta puesta, el uso de percusiones a lo largo de la obra y el énfasis a los instrumentos de banda de guerra dan una atmósfera idónea para el tema del que Usigli nos habla. Los momentos de tensión y el ritmo de la obra se ven enmarcados con la música que fue interpretada por los actores Daniel Téllez, Albar Ramírez y Pablo Dzib, que a su vez daban vida a algunos personajes incidentales.

Llegando al final de la obra, el ritmo cae un poco. Sin embargo, la intervención del General Navarro, quien es interpretado por Pedro Rivera, donde rompe la cuarta pared, da la agilidad que necesitaba la puesta para cerrar. Un momento fuerte y culminante, al dirigirse al público cae como balde de agua fría, recordándonos las mentiras que nuestros políticos nos avientan en la cara.

Una puesta que denota un trabajo de mesa detallado, bien planteado y llevado a la acción.

A pesar de que tiene detalles que corregir, no hay que olvidar que el teatro no es un arte perfecto, sino perfectible, y que el objetivo principal de este arte es la comunión y la reflexión que provoca. Un pensamiento crítico de nuestra historia como nación que no debemos dejar de realizar, y que gracias a esta puesta en escena se sigue haciendo.

 

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