De la butaca a la reflexión|Homenaje a Rubén González Garza

El domingo 7 de abril, a un mes del deceso del actor, director, dramaturgo y docente, Rubén González Garza, se conmemoró su legado en un homenaje póstumo en la Gran Sala del Teatro de la Ciudad de Monterrey, donde la comunidad artística hizo muestra de respeto hacia la figura imponente del maestro de muchas generaciones en el teatro y la pintura. Realizado gracias al apoyo conjunto del Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León (CONARTE), la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), el  Tecnológico de Monterrey y la Secretaría de Cultura del municipio de San Pedro.

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Rubén González Garza nace en Monterrey, Nuevo León, el 8 de marzo de 1929; desde corta edad desarrolló un gusto por el arte escénico, pues su padre era un empresario teatral. Con un acervo artístico impresionante como dramaturgo, actor, director teatral, catedrático y pintor, permaneció activo hasta el final de sus días. Un hombre comprometido con el arte en su estado y el país.

Generó a lo largo de su vida como docente y creador artístico una lista de admiradores y alumnos quienes se hicieron presentes en su homenaje.

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El evento comenzó con unas emotivas palabras del presidente de CONARTE, Ricardo Marcos, quien resaltó la labor del maestro Rubén González Garza y expresó que debe ser preservada. Posteriormente se realizó una proyección donde se mostró la semblanza del maestro, entre narraciones, anécdotas contadas por él mismo e imágenes de su carrera artística. Luego se dio la lectura del texto El jardín que se seca, autoría de González Garza y en voz de actores allegados al maestro se leyeron monólogos que marcaron su carrera, textos como Hamlet y El Rey Lear, de William Shakespeare; El relojero de Córdoval, de Emilio Carballido; Los chicos de la banda, de Mart Crowley; La sonata a Kreutzer, de León Tolstoi; La zorra y las uvas, de Guillermo Figueiredo; A la mesa con Rossini, adaptación de Ricardo Marcos; y, Expreso a no me olvides, de Hernán Galindo. Las lecturas estuvieron bajo la dirección del maestro Luis Martín, colega y amigo cercano, dando él conclusión al evento con unas palabras de agradecimiento y pidió un minuto de aplausos para este gran artista.

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Este homenaje me ha permitido la siguiente reflexión.

La herencia que nos deja el maestro Rubén González Garza es invaluable en todo sentido, con una gran cantidad de obras, sólo en su acervo actoral, difícil de superar, es inspiración tanto para las generaciones que crecieron con él como para las de artistas en formación. Aún y con toda esta reminiscencia el alcance que tuvo el maestro hacia el público general es corto en comparación a lo que merece. Esto se pudo apreciar en las butacas vacías del Teatro de la Ciudad, colegas artistas ausentes, alumnos de instituciones como la Facultad de Artes Escénicas, la escuela de Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras o el CEDART, por mencionar algunas, que no asistieron a este evento gratuito que conmemoró a un artista que dejó huella en el teatro tanto local como nacional, aunado a ello, la gran falta de espectadores que a lo largo de toda su carrera lo vieron en los escenarios.

El legado del maestro va más allá de las obras que realizó como dramaturgo, director y/o actor, su interés por el crecimiento y la difusión del teatro regiomontano son tan importantes como sus aportaciones de creador escénico.

En palabras del presidente de CONARTE: “Esa gran generación de artistas que le dieron a esta ciudad un repertorio teatral de verdad, del teatro de las ideas. Se dice muy fácil, pero es donde nos damos cuenta que, si hoy estamos en un punto en el que tenemos teatros e instituciones culturales, es fruto del esfuerzo y trabajo que muchos realizaron a lo largo de su vida, y uno de estos grandes hombres es, sin lugar a dudas, Rubén González Garza.”

Este discurso rebota en mis oídos como sonido de balas contra el concreto cuando se han cumplido cuatro meses sin actividad teatral en los espacios de CONARTE. Honrar al maestro es más que escenificar o leer aquello que lo hizo grande, honrarlo requiere de esfuerzo de la comunidad teatral y de las instituciones para no matar al teatro en nuestro estado, no hacer que desaparezcan los años de lucha de grandes artistas como lo son el mismo Rubén González Garza, Julián Guajardo, Emma Mirthala Cantú, Minerva Mena Peña, entre otros que han dedicado su vida a enaltecer el arte escénico regiomontano. Parece que la contradicción inunda y deshace los productos del esfuerzo de nuestros maestros.

El generar público nuevo no ha sido prioridad para las instituciones de cultura y eso se vio reflejado en el homenaje, pues no bastó la gran trayectoria del maestro para poder llenar una sala. Y es aquí cuando me hago la pregunta ¿qué tendré que realizar yo, una joven aprendiz de teatro, para lograr una resonancia en el espectador si este gran maestro y todos sus magníficos logros no son suficientes? Más de 50 años y no se ha notado un cambio cultural en las personas no asiduas al teatro. ¿Qué tendremos que hacer las nuevas generaciones para cambiar esto?

Al maestro nunca se le percibió como alguien que le gustara ventilar su vida personal ni mucho menos ser mediático, quienes lo conocieron fue sobre las tablas y en el aula de clases. ¿Será que ahora con los nuevos medios de comunicación tendremos que volvernos mediáticos para hacernos notar, ya que la difusión por parte de dependencias culturales ha sido escasa?

Tal vez la solución pueda estar en la médula del sistema teatral que es el gremio, que se ha vuelto inconsistente y desmoronado, que no pudo reunirse, aunque fuese por la ocasión de honrar a una personalidad del teatro regiomontano como lo es Rubén González Garza. Un gremio que tiene que encontrar desde su base una solides para, tal vez, romper con las cadenas que lo atan a lo institucional, a la dependencia de apoyos gubernamentales.

Tal vez solo son pensamientos de una recién egresada que lucha cada día por crecer como ser humano y artista, que se preocupa por su futuro incierto en el estado y no dimensiona más allá que el ver menos artistas interesados en el público, en llegar a más audiencia que genere reflexiones sobre su entorno, porque como dice Óscar Wilde, “es al espectador, y no a la vida, a quien refleja realmente el arte”.

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